Caminar Bogotá en noviembre fue caminar una ciudad intervenida.
No por vallas ni por marketing cultural, sino por gestos.

La Bienal Internacional de Arte y Ciudad (BOG25) no se presentó como un evento encerrado en salas blancas. Estaba afuera. En la calle. En edificios oficiales. En patios coloniales. En espacios que normalmente no te piden que mires, pero que esta vez te obligaban a detenerte.

No había un recorrido claro.
La ciudad misma era el mapa.

 

La ciudad como cuerpo intervenido

Una esfera hecha de madera reciclada, grafiti y restos urbanos aparece plantada frente a edificios institucionales. No flota: pesa. Está ladeada, casi vencida. La gente pasa alrededor sin saber si es ruina, monumento o advertencia. Un niño juega cerca. Nadie explica nada.

Bogotá no disfraza el contraste: lo integra.

Más adentro, en salas improvisadas, aparecen figuras que no terminan de ser humanas. Cuerpos cubiertos de pelo negro, inmóviles, mirando de frente. No hay cartela urgente, no hay instrucción. Solo presencia. Incómoda. Silenciosa.

El arte acá no pide permiso.
Ocupa.

 

Agua, memoria, tensión

En otra sala, una figura sumergida en agua oscura, rodeada de flores rojas. El recipiente es plástico inflable. Nada solemne. Todo precario. El agua vibra apenas. Es imposible no pensar en duelo, en ritual, en memoria sostenida con lo mínimo.

La bienal funciona así: no grita, insiste.

En una pared, una frase en llamas: “El amor es lumbre”.
Al lado, un dibujo de un hombre cargando una bandera. No hay épica. Hay cansancio. Hay peso. Hay historia reciente.

Mirar juntos

Algo importante pasa en estas imágenes: la gente se queda.

No es consumo rápido. No es selfie obligatorio. Son grupos pequeños mirando dibujos colgados en madera cruda. Personas leyendo textos largos sobre sonido, territorio, memoria popular. Visitantes deteniéndose frente a instalaciones vivas, hechas de plantas, tubos, agua y tiempo.

La bienal no separa al público del trabajo.
Los mezcla.

Eso también es ciudad.

Afuera otra vez

En plazas abiertas, una imagen digital enorme muestra un paisaje imposible. Cielo limpio. Montañas lejanas. Una nube suspendida. Las personas se paran delante sin saber muy bien qué mirar primero: la pantalla o el espacio real que la rodea.

Ese choque es constante en BOG25:
lo virtual y lo físico,
lo íntimo y lo público,
lo precario y lo monumental.

 

Lo que queda

BOG25 no se siente como algo que “pasó”.
Se siente como algo que atravesó la ciudad por un rato y dejó marcas.

No todas son visibles.
Algunas están en la forma en que caminas después.
En cómo miras una pared.
En cómo dudas frente a un objeto que no se explica solo.

Bogotá, en noviembre, no fue solo un lugar.
Fue un ensayo abierto.

Enlaces recomendados

Sitio oficial de la bienal: https://www.bienalbogota.com

Archivo y contexto del proyecto urbano: https://www.idartes.gov.co

Algunas obras públicas clave incluyeron piezas de artistas como Leandro Erlich y John Gerrard, integradas directamente al espacio urbano.

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